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    June 06

    Fuego a cenizas

    Yo no sé que es lo que cada uno entiende al escuchar:

    “donde hubo fuego, cenizas quedan…”

    Antes de hoy solía pensar que el común de la gente que tomábamos esta frase a la hora de pensar en los afectos, entendíamos que; ahí donde hubo amor, ahí donde hubo encendida una chispa intensa, una pasión incandescente, fogosa, hoy, una vez acabado, sólo quedan cenizas… que con un viento “bien encauzado” podrán volverse a encender.

    Eso es lo que creía, lo que temía y quizás hasta lo que profesaba.

    Hoy es diferente…

    Esta mañana, me encontré espontáneamente resignificando tal frase a un punto tal, que poco tiene que ver con lo antes creído.

     

    Donde hubo fuego cenizas quedan, si, es cierto, el tema es ¿que hacer con esas cenizas?

    Pienso que a la hora de hablar de la finitud de las cosas, entre una estufa a leña y un ser humano no hay mucha diferencia.

    Para mí, las cenizas son el remanente de lo que alguna vez fue, son el resultado de intensos afectos –fogosos- que existieron en algún momento, son la experiencia de lo vivido con…

    Las cenizas de tal pasión puedo verlas hoy en el discurso (y la postura); tanto de las mujeres que conocí después de Mónica, como en el discurso de mis amigos, en el proceso por el cuál elaboré mi vivencia y éste, mi discurso. De todo esto pude identificar muchos aspectos que, alguna vez -encendidos también en mi-  se presentan en diálogos como: “nosotros y ellos”, “machismo y feminismo”,  “el hombre ES así”, “la mujer ES así”, “ no hay que entender a las mujeres, no se puede”, “la confianza/desconfianza”, “la fidelidad”, “los miedos a enamorarse”, “el ideal de pareja” y -por supuesto- el impacto que causa mi idea de que esto “no es para siempre”…el hecho de reconocer que todo lo que empieza…termina, que el amor es efímero, precario y provisorio, cosas que hacen de la ilusión (y del modelo eterno de pareja) cenizas…

    Estos discursos, para mi no son más que mecanismos “telenovelísticos” de defensa, que obturan una posible entrada en escena de los afectos, intentando dar un control (explicativo) capaz de sostener situaciones movilizantes, que pueden generar fuego y subsecuentemente cenizas…

    Entonces las cenizas, pasan a ser ahora el objeto que ocupa “la habitación central” del hombre, así como lo hace en la estufa.

    Para poder encender un fuego, hay que despejar las cenizas, barrerlas, la estufa no tiene tanto espacio para que ambas cosas coexistan enteramente, unas, necesariamente tiene que dejar espacio a nuevos materiales “flameables”…la estufa es finita.

    Y nosotros…¿Cómo podemos encender el fuego de nuestras pasiones si ese espacio está ocupado por cenizas?

    Me parece que lo sano es saber barrer tales cenizas…

    Claro que tal cosa jamás podrá hacerse totalmente, y eso está muy bien.

    Todo aquel que conozca una estufa a leña sabe que de barrer y barrer, poco a poco se va formando una pequeña capa gris contra las paredes internas de la estufa; una película no ya de las cenizas que alguna ves fueron, sino de algo diferente, producto de ese constante barrido, son algo adherido a la propia pared de la estufa, parte de la estufa, son el remanente de experiencia de que eso –realmente- es una estufa.

    Con nosotros sucede lo mismo.

    Siempre nos quedarán películas, producto del sano barrido de nuestras cenizas, películas adheridas a nosotros -¡nuestras!- son las que, -¡entre una infinidad de cosas más!-, nos hacen diferentes a otros, nos individualiza, -nos hace únicos- películas que sirven para diferenciar lo interno de lo externo, - lo propio de lo ajeno-, para reconocer límites (y no invadir!) entre un yo soy y tu eres.

    Sanas y elaboradas experiencias que enriquecen la “habitación central” y la preparan para darle la bienvenida a nuevos materiales flameables…

    Entonces:

     

    “Donde hubo fuego, cenizas quedan…(lo sano es saberlas barrer y seguir haciendo fuegos…)”